1929-1932: Capítulo 19. La ofensiva, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 293-304.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 20 de abril de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
En el ejército, lo mismo que en el país, se estaba
operando un constante desplazamiento político de fuerzas:
la base evolucionaba hacia la izquierda, la cúspide hacia
la derecha. A la par que el Comité ejecutivo se convertía
en un instrumento de la Entente para dominar la revolución,
los comités del ejército, que habían surgido
como una representación de los soldados contra el mando,
convertíanse en auxiliares de éste contra los soldados.
La composición de los comités era muy heterogénea.
Había en ellos no pocos elementos patrióticos de
buena fe que identificaban la guerra con la revolución
y que se lanzaron valerosamente a la ofensiva ordenada desde arriba,
jugándose la cabeza por una causa que no era la suya. Junto
a ellos estaban los héroes de la frase, los Kerenski de
división y de regimiento. Finalmente, los comités
albergaban a no pocos pequeños aventureros y bribones que
se instalaban en ellos para esquivar las trincheras y al acecho
de privilegios y prerrogativas. Todo movimiento de masas, sobre
todo en su primera fase, saca inevitablemente a flote a todas
esas variedades de la fauna humana. Lo que hay es que el período
conciliador fue fecundísimo en toda suerte de charlatanes
y camaleones. Los hombres hacen los programas, pero también
los programas hacen a los hombres. En las revoluciones, las escuelas
de contacto se convierten siempre en escuelas de intrigas y de
maniobras.
El régimen de la dualidad de poderes imposibilitaba la
creación de un instrumento militar eficiente. Los kadetes
eran blanco del odio de las masas populares, y dentro del ejército
veíanse obligados a adoptar el nombre de socialrevolucionarios.
La democracia no podía poner en pie al ejército,
por la misma razón por la cual no podía tomar en
sus manos el poder; lo uno era inseparable de lo otro. Como detalle
curioso y que, sin embargo, da una idea bastante clara de la situación.
Sujánov observa que el gobierno provisional no organizó
en Petrogrado ni un solo desfile militar; ni los liberales ni
los generales querían participar en un desfile organizado
por el Soviet, pero comprendían perfectamente que sin él
el desfile era irrealizable.
La alta oficialidad iba acercándose más y más
a los kadetes en espera de que levantaran la cabeza partidos más
reaccionarios. Los intelectuales pequeño burgueses podían
dar al ejército, como lo habían dado bajo el zarismo,
un contingente considerable de pequeña oficialidad; pero
eran incapaces de crear un cuerpo de mando a su imagen y semejanza,
por la sencilla razón de que carecían de imagen
propia. Como había de demostrar el curso ulterior de la
revolución el cuerpo de mando había que sacarlo,
tal y como era, de la nobleza y la burguesía, como hacían
los blancos, o formarlo y educarlo a base de una selección
proletaria, como hacían los bolcheviques. No había
otro camino. Los demócratas pequeño burgueses no
podían hacer ni lo uno ni lo otro. Tenían que persuadir,
rogar, engañar a todo el mundo, y cuando veían que
no conseguían nada, llevados por la desesperación,
entregaban el poder a la oficialidad reaccionaria para que ésta
se encargase de infundir las sanas ideas revolucionarias al pueblo.
Una tras otra iban abriéndose las llagas de la vieja sociedad,
destruyendo el organismo del ejército. El problema de las
nacionalidades, en todos sus aspectos -y en Rusia abundaban-,
iba penetrando, cada vez más, en las raíces de las
masas militares, integradas en grandísima parte, en más
de la mitad, por elementos no rusos. Los antagonismos nacionales
se entretejían y cruzaban en distinto sentidos con los
de clase. La política del gobierno en este terreno, como
en todos los demás, era vacilante y confusa, lo cual la
hacía parecer doblemente pérfida. Había generales
que se entretenían creando formaciones nacionales, por
ejemplo, el «cuerpo musulmán con disciplina francesa»
en el frente rumano. En general, estas nuevas formaciones nacionales
resultaron ser más eficientes que las del viejo ejército,
pues habían sido creadas en torno a una nueva idea y bajo
una nueva bandera. Pero esta cohesión nacional no duró
mucho tiempo; el rumbo que había de tomar la lucha de clases
no tardó en quebrantarla. El mismo proceso de las formaciones
nacionales, que amenazaba con extenderse a la mitad del ejército,
colocaba ya a éste en un estado de fluctuación,
descomponiendo las viejas unidades antes de que tuvieran tiempo
de formarse las nuevas. Pro todas partes surgían calamidades.
Miliukov escribe en su historia que lo que perdió al ejército
fue el «conflicto planteado entre las ideas de la disciplina
revolucionaria y la de la disciplina militar de tiempos normales»,
entre la «democratización» del ejército
y la conservación de su «capacidad combativa»;
bien entendido que al decir «disciplina de los tiempos normales»
se alude a la que regía bajo el zarismo. Parece que un
historiador no debía ignorar que toda gran revolución
determina la desaparición del viejo ejército, arrollado
no precisamente por el choque entre principios abstractos de disciplina,
sino entre clases de carne y hueso. La revolución no sólo
permite imponer una severa disciplina en el ejército, sino
que la crea. Lo que ocurre es que esta disciplina no la pueden
imponer precisamente los representantes de la clase derrocada
por la revolución.
«Es un hecho evidente -escribía, el 26 de septiembre
de 1851, un alemán inteligente a otro- que la desorganización
del ejército y la completa descomposición de la
disciplina han sido siempre la condición, a la par que
el fruto, de toda revolución triunfante.» Toda la
historia de la humanidad confirma esta ley tan sencilla y tan
indiscutible. Pero no eran sólo los liberales, sino también
los socialistas rusos que habían pasado por la experiencia
de 1905, los que no comprendían esto, a pesar de haber
proclamado, más de una vez, como sus maestros, a estos
dos alemanes a que nos referimos, uno de los cuales era Federico
Engels y el otro Carlos Marx. Los mencheviques creían seriamente
que el ejército que había hecho la revolución
iba a continuar la guerra bajo el viejo mando. ¡Y esos hombres
acusaban de utopistas a los bolcheviques!
A principios de mayo, el general Brusilov caracterizaba, de un
modo bastante preciso, en la conferencia celebrada en el Cuartel
general, el estado del mando; un 15 a un 20 por 100 de jefes y
oficiales se habían sometido al nuevo orden de cosas por
convicción; una parte de los oficiales empezaba a coquetear
con los soldados y a hostigarlos contra el mando; la mayoría,
cerca del 75 por 100, no se resignaba a adaptarse, sentíase
ofendida, se encerraba en su concha y no sabía lo que se
hacía. Además, desde el punto de visa puramente
militar, la aplastante mayoría de la oficialidad no servía
para nada.
En la conferencia celebrada con los generales, Kerenski y Skobelev
se disculparon con todas sus fuerzas por la revolución,
que, desgraciadamente, «continuaba» y con la cual había
que contar. El general de las «centurias negras», Gurchkov,
objetó a los ministros en tono de mentor: «Decís
que la revolución continúa. Dadnos oídos
a nosotros... contened la revolución y facilitadnos a nosotros
los militares, los medios para cumplir hasta el fin con nuestro
deber.» Kerenski se esforzó en complacer en todo a
aquellos simpáticos generales... hasta que uno de ellos,
el valeroso Kornílov, casi lo ahoga en sus brazos de puro
cariño.
La política conciliadora en plena revolución es
una política de oscilaciones febriles entre las clases.
Kerenski era la encarnación viva de estas oscilaciones.
Puesto al frente del ejército, inconcebible sin un régimen
claro y decidido, convirtióse en el instrumento inmediato
de su descomposición. Denikin cita una curiosa lista de
personas destituidas de sus puestos del alto mando, lista hecha
al azar, pues nadie sabía, y Kerenski menos que nadie,
en qué sentido había que proceder. Alexéiev
destituyó al jefe del frente, Ruski, y al comandante del
ejército, Radko-Dimitriev, por su debilidad y su tolerancia
para con los comités, impulsado por los mismos motivos,
destituyó Brusílov a Yudenich, que se había
acobardado. Kerenski destituyó al propio Alexéiev
y a los generalísimos Gurko y Dragomitov por la resistencia
que oponían a la democratización del ejército.
La misma razón hizo que Brusílov destituyese al
general Kaledin, hasta que a él mismo le destituyeron también
por su indulgencia excesiva hacia los comités; Kornílov
hubo de abandonar el mando de la región militar de Petrogrado
por su incapacidad para convivir con la democracia, lo cual no
impidió que se le confiara después el mando del
frente y que luego pasara al mando supremo. Denikin fue destituido
de su cargo de jefe del Estado Mayor de Alexéiev, por su
postura claramente reaccionaria; sin embargo, no tardó
en ser designado general en jefe del frente occidental. Esta confusión,
que atestiguaba que en las alturas no sabían lo que hacían,
ni lo que querían, llegaba desde los generales hasta los
sargentos, acelerando la descomposición del ejército.
Los comisarios, al mismo tiempo que exigían que los soldados
obedecieran a los oficiales, desconfiaban de éstos. En
el momento en que la ofensiva se hallaba en su apogeo, en la reunión
del soviet de Mohilev, celebrada en la residencia del Cuartel
general en presencia de Kerenski y Brusílov, uno de los
miembros del soviet declaró: «El 88 por 100 de la
oficialidad del Cuartel general crea con su conducta un peligro
contrarrevolucionario.» Para los soldados, esto no era ningún
secreto, pues habían tenido tiempo suficiente de conocer
a sus oficiales antes de la revolución.
En el transcurso de todo el mes de mayo, en los comunicados del
mando vibra siempre, con diversas variantes, la misma idea: «La
actitud con respecto a la ofensiva es, en general, desfavorable,
sobre todo por parte de la Infantería. A veces, añadían:
«La situación es un poco mejor en la Caballería
y bastante mejor en la Artillería.»
A fines de mayo, cuando ya se estaban movilizando las tropas para
la ofensiva el comisario del séptimo ejército telegrafiaba
a Kerenski: «En la división 12ª, el regimiento
48º ha entrado en acción en su totalidad; del 45º
y del 46º, la mitad solamente; el 47º se niega a atacar.
De los regimientos de la 13ª división ha entrado en
acción el 50º regimiento casi en su integridad. Promete
hacerlo mañana el regimiento 51º; el 49º no ha
obrado de acuerdo con las órdenes transmitidas, y el 52º
se ha negado a moverse, deteniendo a todos sus oficiales.»
Este espectáculo se observaba casi por todas partes. El
gobierno contestó en los siguientes términos a la
comunicación del comisario: «Disolver los regimientos
45º, 46º, 47º y 52º y entregar a los oficiales
y soldados que hayan excitado a la desobediencia.» Esto tenía
un aire amenazador, pero no asustaba a nadie. Los soldados que
no apetecían combatir no tenían que temer ni a la
disolución ni a los tribunales. Para poner en movimiento
a las tropas fue preciso movilizar a unos regimientos contra otros.
De instrumento de represión servían casi siempre
los cosacos, ni más ni menos que bajo el zar, con la diferencia
de que ahora eran los socialistas los que los mandaban, pues no
hay que olvidar que se trataba de defender la revolución.
El 4 de junio, menos de dos semanas antes de que se iniciara la
ofensiva, el jefe de Estado Mayor del Cuartel general comunicaba:
«El frente norte continúa en estado de efervescencia;
los soldados siguen confraternizando y en la Infantería
la actitud ante la ofensiva es desfavorable... En el frente occidental
la situación es incierta. En el suroccidental se nota una
cierta mejoría en la moral de las tropas... En el frente
rumano no se observa ninguna mejoría sensible: la Infantería
no quiere atacar...»
El 11 de junio de 1917, el jefe del regimiento 61º escribe:
«Lo único que los oficiales y yo podemos ya hacer
es ponernos en salvo, pues ha llegado de Petrogrado un soldado
leninista de la 5ª compañía... Muchos de los
mejores soldados y oficiales han desaparecido ya.» Por lo
visto, bastaba con que un adepto de Lenin se presentase en el
regimiento para que la oficialidad se diera a la fuga. Aquí,
el soldado que acababa de llegar era, indudablemente, la varilla
que se introduce en una disolución saturada para producir
la cristalización. Sin embargo, no bata lo que aquel buen
coronel diga para suponer que se trataba efectivamente de un bolchevique.
Por aquellos días, el mando aplicaba el calificativo de
leninista a todo soldado que levantara un poco audazmente la voz
contra la ofensiva. Muchos de estos «leninistas» seguían
creyendo todavía de buena fe que Lenin había venido
a Rusia con una comisión del káiser. El jefe del
71º regimiento intentaba intimidar a sus soldados amenazándolos
con sanciones por parte del gobierno. Uno de los soldados le replicó:
«Derribamos al gobierno anterior y podemos hacer otro tanto
con el de Kerenski.» Los soldados, influidos por la agitación
de los bolcheviques y aun rebasándola en mucho, sabían
ya expresarse de otro modo.
Ya a fines de abril, la escuadra del Mar Negro, que se hallaba
bajo la dirección de los socialrevolucionarios, y que,
a diferencia de la de Kronstadt, era considerada como un reducto
del patriotismo, envió por el país a una delegación
especial de trescientos hombres, a la cabeza de la cual iba el
bravo estudiante Batkin disfrazado de marinero. En esa delegación
había no poco de carnavalesco, pero había también
mucho de sincero entusiasmo. La delegación difundió
por el país la idea de llevar adelante la guerra hasta
el triunfo final; pero a cada semana que pasaba, el auditorio
se le volvía más hostil. Y al mismo tiempo que los
marineros del Mar Negro iban bajando cada vez más el tono
de su prédica en favor de la ofensiva, presentábase
en Sebastopol una delegación del Báltico a hacer
campaña en favor de la paz. Los marineros del norte tuvieron
más éxito en el sur que los meridionales en el norte.
Bajo la influencia de los marineros de Kronstadt, los de Sebastopol
emprendieron el 8 de junio el desarme del mando y procedieron
a detener a los oficiales más odiados.
En la sesión celebrada el 8 de junio por el Congreso de
los soviets, Trotski preguntó cómo se explicaba
que en «aquella escuadra, modelo del mar negro, que había
enviado delegaciones patrióticas por todo el país,
en aquel hogar del patriotismo organizado hubiera podido producirse,
en un momento tan crítico, una explosión de este
género. ¿Qué significa esto?» La pregunta
se quedó sin contestar. La ausencia del mando y de dirección
traía de cabeza a todo el mundo: a los soldados, a los
jefes y a los vocales de los comités. No había más
remedio que buscar una salida a aquella situación, fuera
la que fuese. A los de arriba se les antojaba que la ofensiva
pondría fin al desconcierto y daría un carácter
definido a las cosas. Y esto era verdad hasta un cierto punto.
Si Tsereteli y Chernov en Petrogrado predicaban la ofensiva, dando
a su voz todas las inflexiones de la retórica democrática,
era natural que en el frente los miembros de los comités,
mano a mano con la oficialidad, emprendiesen dentro del ejército
la lucha contra el nuevo régimen, sin el cual no era concebible
la revolución, pero que era incompatible con la guerra.
Pronto este cambio dio sus frutos. «Los miembros del comité
iban evolucionando, día a día, hacia la derecha
de un modo cada vez más acentuado -cuenta uno de los oficiales
de la Marina-; pero, al mismo tiempo, veíase cómo
disminuía por momentos su prestigio entre los marineros
y los soldados.» Y daba la casualidad de que para guerrear
lo que hacia falta eran, precisamente, soldados y marineros.
Brusílov inclinóse, con la venia de Kerenski, hacia
la formación de batallones de choque de voluntarios, con
lo cual venía a reconocer abiertamente la ausencia de capacidad
combativa en el ejército. A esta empresa asociáronse
inmediatamente los elementos heterogéneos, aventureros
muchos de ellos, tales como el capitán Muraviov, quien,
después de la revolución de Octubre, se fue con
los socialrevolucionarios de izquierda para luego, después
de unas cuantas acciones turbulentas y brillantes a su manera,
traicionar al poder de los soviets y caer atravesado por una bala,
no se sabe bien si bolchevique o propia. Huelga decir que la
oficialidad contrarrevolucionaria se aferró ávidamente
a esta idea de los batallones de choque, que les venían
al dedillo como forma legal para encuadrar sus fuerzas. Pero la
iniciativa no encontró apenas eco entre las masas de los
soldados. Los hambrientos de aventuras formaron los batallones
femeninos de «Húsares negros de la Muerte». Uno
de estos batallones fue, en octubre, la última fuerza armada
de que dispuso Kerenski para la defensa del Palacio de Invierno.
El militarismo alemán no tenía gran cosa que temer
de todas estas invenciones, aunque el fin perseguido no fuese
otro que contribuir a derrocarlo.
La ofensiva que el Cuartel general había garantizado a
los aliados para principios de primavera iba aplazándose
semana tras semana. Pero ahora la Entente no toleraba ya más
aplazamientos. Para conseguir, a fuerza de presiones, que no toleraba
ya más aplazamientos. Para conseguir, a fuerza de presiones,
que se emprendiese una ofensiva inmediata, los aliados no reparaban
en procedimientos. Al mismo tiempo que Vandervelde lanzaba sus
patéticas soflamas, sus poderdantes amenazaban con suspender
el suministro de material de guerra. El cónsul general
de Italia en Moscú declaró en la prensa, no en la
italiana, sino en la rusa, que caso de que Rusia negociase una
paz separada, los aliados dejarían al Japón en completa
libertad de movimientos en Siberia. Y los periódicos liberales,
no los de Roma, sino los de Moscú, publicaban con patriótico
entusiasmo estas conminaciones insolentes, aplicándolas
no precisamente a la eventualidad de una paz separada, sino a
la demora de la ofensiva. Los aliados no se andaba tampoco con
cumplidos en otros respectos, por ejemplo, en el de la Artillería
de pacotilla enviada a Rusia: el 35 por 100 de los cañones
hubieron de ser retirados por inservibles al cabo de dos semanas
de funcionar muy moderadamente. Inglaterra restringía los
créditos. En cambio, los Estados Unidos, nuevo protector,
concedía al gobierno provisional, sin consultarlo con Inglaterra,
un crédito de setenta y cinco millones de dólares
para la ofensiva que se avecinaba...
La burguesía rusa, sin perjuicio de apoyar las pretensiones
de los aliados y desplegar una furiosa campaña en favor
de la ofensiva, no abrigaba confianza alguna en ésta, razón
por la cual se abstenía de suscribirse al «Empréstito
de la Libertad». Por su parte, la monarquía derribada
aprovechábase de la ocasión que se le brindaba para
recordar que existía: en una declaración enviada
al gobierno provisional, los Romanov expresaban su deseo de suscribirse
al empréstito; pero añadían que «la
cantidad suscrita dependería del hecho de que el Tesoro
contribuyese o no a sostener a los miembros de la familia real».
Y todo esto lo leía el ejército, que no ignoraba
que la mayoría del gobierno provisional, al igual que la
alta oficialidad, seguía confiando vivamente en la restauración
de la monarquía.
Justo es consignar que en los países aliados no todo el
mundo estaba de acuerdo con Vandervelde, Thomas y Cachin en su
prisa por empujar al abismo al ejército ruso. Alzábanse
también voces advirtiendo del peligro. «El ejército
ruso no es más que una fachada -decía el general
Pétain-, que se derrumbará en cuanto se menee un
poco.» En el mismo sentido se expresaba, por ejemplo, la
misión americana. Pero triunfaron otras consideraciones.
Era preciso robar a la revolución el alma. «La campaña
de confraternización germano-rusa -explicaba posteriormente
Painlevé- producía tales estragos (faisait de
tels ravages), que al dejar inactivo al ejército ruso
podía correrse el riesgo de una rápida descomposición.»
La preparación de la ofensiva, desde el punto de vista
político, corría a cargo de Kerenski y Tsereteli,
quienes, en un principio, actuaban secretamente, guardando el
secreto hasta con sus más íntimos correligionarios.
Y mientras, por su parte, los líderes poco avisados o mal
informados seguían perorando acerca de la defensa de la
revolución. Tsereteli insistía con energía
redoblada en la necesidad de que el ejército estuviese
preparado para una intervención activa. El que más
se resistió o, mejor dicho, más coqueteó,
fue Chernov. En la sesión celebrada por el gobierno provisional
el 17 de mayo, alguien preguntó apasionadamente al «ministro
de las aldeas», como se llamaba él mismo, si era cierto
que en un mitin no había hablado con el entusiasmo necesario
de la ofensiva. Resultaba que Chernov habíase expresado
así: «La ofensiva no es cosa mía, pues yo soy
un político, sino de los estrategas del frente.» Estos
hombres jugaban al escondite con la guerra lo mismo que con la
revolución. Pero este juego no podía durar mucho.
Huelga decir que la preparación de la ofensiva hacía
que se redoblasen las persecuciones contra los bolchevique, a
quienes se acusaba, cada vez con mayor insistencia, de ser partidarios
de la paz por separado. La conciencia de que esta paz era la única
salida, deducíase directamente de la situación misma
del país, esto es, de la debilidad y del agotamiento de
Rusia comparada con los demás países beligerantes;
pero nadie se había preocupado aún de medir las
fuerzas del nuevo factor: la revolución. Los bolcheviques
entendían que la perspectiva de la paz por separado sólo
podía evitarse en el supuesto de que se alzaran audazmente
y hasta donde fuese necesario la fuerza y el prestigio de la revolución
frente a la guerra. Mas para esto era ineludible, ante todo, romper
la alianza con la burguesía. El 9 de junio Lenin declaraba
en el Congreso de los soviets: «Los que dicen que nosotros
aspiramos a la paz separada faltan a la verdad. Lo que nosotros
mantenemos es: nada de paz separada con ningún capitalista,
y con los capitalistas rusos menos que con nadie. ¡Abajo
esta paz separada!» «Aplausos», acota el acta de
la sesión. Era una pequeña minoría del Congreso
la que aplaudía; por esos los aplausos eran doblemente
entusiastas.
En el Comité ejecutivo, los unos carecían de la
decisión suficiente; los otros querían que el organismo
que gozaba de más prestigio les sirviese de tapadera. A
última hora se tomó la resolución de comunicar
a Kerenski que no era aconsejable circular las órdenes
para la ofensiva antes de que decidiera la cuestión el
Congreso de los soviets. La declaración, presentada por
la fracción bolchevique y que estaba sobre la mesa desde
la primera sesión del Congreso, decía que «con
la ofensiva no se conseguiría más que desorganizar
definitivamente el ejército, enfrentando una parte de él
con la otra» y que «el Congreso debía oponerse
inmediatamente a la presión contrarrevolucionaria, o asumir
íntegra y abiertamente la responsabilidad de esta política.»
La resolución votada por el Congreso a favor de la ofensiva
no pasó de ser una formalidad democrática. Todo
estaba preparado de antemano. Hacía ya tiempo que los artilleros
tenían enfiladas las baterías sobre las posiciones
enemigas. El 16 de junio, en una orden circulada al ejército
y a la flota, Kerenski, después de invocar el nombre del
generalísimo, «este caudillo aureolado por las victorias»,
demostraba la necesidad de asestar «un golpe rápido
y decisivo», y terminaba con estas palabras: «¡Adelante:
ésta es la orden que os doy!»
En un artículo escrito en vísperas de la ofensiva
y dedicado a comentar la declaración presentada por la
fracción bolchevique al Congreso de los soviets, decía
Trotski: «La política del gobierno imposibilita toda
acción militar eficaz... Las premisas materiales de que
parte la ofensiva no pueden ser más desfavorables. La organización
del avituallamiento del ejército refleja el desastre económico
general del país, contra el cual el presente gobierno no
puede tomar ninguna medida radical. Y aún son más
desfavorables las premisas morales. El gobierno ha puesto al desnudo
ante el ejército... su incapacidad para regentar la política
de Rusia sin contar con la voluntad de sus aliados imperialistas.
El resultado de esto tenía que ser inevitablemente la progresiva
descomposición del ejército. Las deserciones en
masa... no son ya, en las circunstancias actuales, un simple fruto
de la voluntad individual: se han convertido en indicio de la
completa incapacidad del gobierno para cohesionar al ejército
revolucionario por la unidad interna de los fines perseguidos...»
Después de indicar que el gobierno no se decidía
«a la inmediata abolición de la propiedad de la tierra,
única medida que persuadiría al campesino más
atrasado de que esta revolución es su revolución»,
el artículo termina así: «En estas condiciones
materiales y morales, la ofensiva tiene que degenerar, inevitablemente,
en una aventura.»
El mando entendía que la ofensiva, condenada a un fracaso
seguro desde el punto de vista militar, no tenía más
justificación que los objetivos de orden político
a que se aplicaba. Denikin, después de recorrer su frente,
comunicaba a Brusílov: «No creo en el éxito
de la ofensiva.» A este fracaso contribuía también
la incapacidad del propio mando. Stankievich, oficial y patriota,
atestigua que, ya de por sí, el estado en que se encontraba
la organización técnica excluía la posibilidad
de un triunfo, fuese cual fuese la moral de los soldados: «La
organización de la ofensiva no resistía a la menor
crítica.» Una delegación de oficiales, con
el presidente de la Asociación de Oficiales, el kadete
Nvosíltsiev a la cabeza, se presentó a los jefes
del partido kadete para prevenirles de que la ofensiva estaba
condenada a un fracaso irremediable, que sólo conduciría
a la destrucción de las mejores fuerzas. Las autoridades
superiores contestaban a estas prevenciones con frases vagas:
«Abrigábase la esperanza -dice el jefe de estado mayor
del Cuartel general, el general reaccionario Lukomski- de que
acaso los primeros combates victoriosos harían cambiar
la sicología de las masas y darían a los jefes la
posibilidad de empuñar de nuevo las riendas que les habían
sido arrebatadas.» No era otro, en efecto, el principal fin
que se perseguía: volver a empuñar las riendas.
De acuerdo con un plan concebido hacía ya mucho tiempo,
el golpe principal había de darse en la dirección
de Lvov con las fuerzas del frente suroccidental; a los frentes
del norte y occidental se les asignaban objetivos de carácter
auxiliar. La ofensiva se iniciaría simultáneamente
en todos los frentes. Pronto se vio que la realización
de este plan excedía de las fuerzas disponibles. En vista
de esto decidióse poner en juego a los frentes uno tras
otro, empezando por los secundarios. Pero resultó que esto
no era tampoco factible. «Entonces, el mando supremo -dice
Denikin- decidió renunciar a todo sistema estratégico
y se vio obligado a ceder a los propios frentes la iniciativa,
autorizándoles para que empezasen las operaciones por su
cuenta, a media que estuviesen preparados.» Todo se confiaba,
como se ve, a los designios de la providencia. Lo único
que faltaba eran los iconos de la zarina. Pero para sustituirlos
estaban allí los iconos de la democracia. Kerenski recorría
los frentes, imprecaba, imploraba, bendecía. La ofensiva
se inició el 16 de junio en el frente suroccidental; el
8, en el septentrional; el 9, en el de Rumania. La entrada en
batalla, ficticia en realidad, de los últimos tres frentes
coincidió ya con el principio del derrumbamiento del frente
principal, es decir, del suroccidental.
Kerenski comunicó al gobierno provisional: «Hoy es
un día de gran júbilo para la revolución.
El 18 de junio, el ejército revolucionario ruso ha pasado
a la ofensiva con inmenso entusiasmo.» «Se ha producido
el acontecimiento anhelado durante tanto tiempo -decía
el periódico kadete Riech- y que ha hecho que la
revolución rusa retornara a sus mejores días.»
El 19 de julio, el viejo Plejánov declamaba ante una manifestación
patriótica: «¡Ciudadanos! Si os pregunto qué
día es hoy contestaréis que es lunes. Pero esto
es un error» hoy es domingo, y domingo de resurrección
para nuestro país y para la democracia del mundo entero.
Rusia, después de haberse emancipado del yugo del zarismo,
ha decidido emanciparse también del yugo del enemigo.»
Tsereteli decía el mismo día ante el Congreso de
los soviets: «Una nueva página se abre en la historia
de la revolución rusa... No es sólo la democracia
rusa la que debe saludar los triunfos de nuestro ejército
revolucionario, sino con ella... todos los que aspiran real y
verdaderamente a empeñarse en la lucha contra el imperialismo.»
La democracia patriótica abría todos sus grifos.
Entretanto, los periódicos publicaban una noticia jubilosa:
«La Bolsa de París saluda la ofensiva con el alza
de todos los valores rusos.» Los socialistas pulsaban, por
lo visto, la estabilidad de la revolución por los boletines
de cotización: pero la historia nos enseña que cuando
más a gusto se siente la Bolsa es cuando peor marchan las
revoluciones.
Los obreros y la guarnición de la capital no se sintieron
arrastrados ni un momento por aquella oleada artificial de patriotismo
recalentado. Su palestra seguía siendo la avenida Nevski.
«Hemos salido a la Nevski -cuenta en sus Memorias el soldado
Chinenov- intentando hacer campaña contra la ofensiva.
Los burgueses se han lanzado contra nosotros esgrimiendo sus paraguas...
Nosotros hemos cogido a los burgueses, los hemos llevado a los
cuarteles... y les hemos dicho que, al día siguiente, los
expediríamos al frente.» Eran ya los síntomas
de la explosión de la guerra civil que se avecinaba: las
jornadas de julio estaban próximas.
El 21 de junio, el regimiento de ametralladoras tomaba en asamblea
general el acuerdo siguiente: «En lo sucesivo, sólo
mandaremos fuerzas al frente cuando la guerra tenga un carácter
revolucionario...» En contestación a la amenaza de
disolución, el regimiento declaró que él,
por su parte, no se detendría ante la disolución
«del gobierno provisional y demás organizaciones que
lo apoyan». Otra vez volvemos a percibir las notas de una
amenaza que va mucho más allá que las campañas
de los bolcheviques.
El 23 de junio, la crónica de los acontecimientos señala:
«Las unidades del 11º ejército se han apoderado
de la primera y segunda líneas de trincheras del enemigo...»
Junto a esta noticia, léese esta otra: «En la fábrica
de Baranovski (seis mil obreros) se han celebrado las elecciones
al Soviet de Petrogrado. Para sustituir a los tres diputados socialrevolucionarios
han sido elegidos tres bolcheviques.»
A fines de mes, la fisonomía del Soviet de Petrogrado había
cambiado ya considerablemente. Es cierto que el 20 de junio el
Soviet tomaba el acuerdo de saludar al ejército que había
emprendido la ofensiva. Pero, ¿por qué mayoría?
Por 472 votos contra 271 y 39 abstenciones. Es un nuevo balance
de fuerzas que nos salta a la vista. Los bolcheviques, con los
grupos de mencheviques y socialrevolucionarios de izquierda, representan
ya las dos quintas partes del Soviet. Ello significa que en las
fábricas y en los cuarteles los adversarios de la ofensiva
forman ya una mayoría indiscutible.
El Soviet de la barriada de Viborg vota el 24 de junio un acuerdo
en el que cada palabra es como un martillazo: «Protestamos
contra la aventura del gobierno provisional, que emprende la ofensiva
al servicio de los viejos tratados expoliadores... y descargamos
toda la responsabilidad por esa política de ofensiva sobre
el gobierno provisional y los partidos de los mencheviques y socialrevolucionarios
que le sostienen.» Relegada a segundo término después
de la revolución de Febrero, la barriada de Viborg va avanzando
con paso seguro hacia los primeros puestos. En el Soviet de Viborg
predominaban ya completamente los bolcheviques.
Ahora todo dependía del resultado de la ofensiva, es decir,
de los soldados de las trincheras. ¿Qué cambios determinó
la ofensiva en la conciencia de los que tenían que llevarla
a cabo? Los soldados anhelaban, de un modo irresistible, la paz.
Sin embargo, los dirigentes consiguieron durante algún
tiempo hasta cierto punto o, por lo menos, lo consiguieron de
una parte de los soldados, convertir este anhelo en una buena
disposición respecto a la ofensiva.
Después de la revolución, los soldados esperaban
que el nuevo régimen firmase cuanto antes la paz, y hasta
que ese día llegase estaban dispuestos a montar la guardia
en el frente. Pero ese día no llegaba. Los soldados rusos
empezaron a confraternizar con los alemanes y los austríacos,
influidos en parte por las campañas de los bolcheviques,
pero sobre todo buscando por propia iniciativa la senda de la
paz. Estos escarceos de confraternización fueron ferozmente
perseguidos. Además, se pudo observar que los soldados
alemanes no habían sacudido todavía, ni mucho menos,
la carga de la obediencia a sus oficiales. Y la confraternización,
que no había traído la paz, disminuyó considerablemente.
De hecho, en el frente reinaba en aquel entonces un estado de
armisticio, del cual se aprovechaban los alemanes para distraer
enormes esfuerzos y mandarlos a los frentes occidentales. Los
soldados rusos veían cómo quedaban vacías
las trincheras enemigas, cómo se retiraban las ametralladoras,
cómo se desmontaban los cañones. Se infundió
sistemáticamente a los soldados la idea de que el enemigo
estaba completamente debilitado, de que no tenía fuerzas,
de que en Occidente se veía arrollado por los Estados Unidos
y de que bastaba con que Rusia diese un empujón para que
el frente alemán se desmoronase y obtuviéramos la
paz. Los dirigentes no creían en esto ni por asomo, pero
confiaban en que, una vez metida la mano en la máquina
de la guerra, el ejército no podría sacarla tan
fácilmente.
Viendo que no conseguían sus fines, ni por medio de la
diplomacia del gobierno provisional ni a fuerza de confraternización,
una parte de los soldados empezó a creer que convenía
dar aquel empujón de que les hablaban y que acabaría
de una vez con la guerra. Uno de los delegados enviados por el
frente al Congreso de los soviets, expresaba en estos términos
el estado de espíritu de los soldados: «Ahora nos
encontramos ante un frente alemán desarmado, desartillado,
y si tomamos la ofensiva y derrotamos al enemigo, nos acercaremos
a la anhelada paz.»
Y, efectivamente, en un principio, el enemigo se reveló
extraordinariamente débil y se retiraba sin dar batalla,
que, por su parte, los atacantes no hubieran podido tampoco librar.
Pero el enemigo no se dispersaba, sino que, por el contrario,
se agrupaba y se concentraba. Cuando habían avanzado veinte
o treinta kilómetros, los soldados rusos presenciaron un
espectáculo que conocían harto bien por su experiencia
de los años precedentes: el enemigo los esperaba atrincherado
en nuevas posiciones reforzadas. Y entonces fue cuando se puso
de manifiesto que, si bien los soldados estaban aún dispuestos
a dar un empujón para conseguir la paz, no querían
tener absolutamente nada ya que ver con la guerra. Arrastrados
a ella por la fuerza, por la presión moral, y sobre todo
por el engaño, viraron en redondo indignados.
«Después de una preparación de artillería
nunca vista por su intensidad, por lo que a los rusos se refiere
-dice el historiador ruso de la guerra mundial general Sajonchokovski-,
las tropas ocuparon casi sin pérdidas las posiciones enemigas,
y se negaron a ir más allá. Se inició una
deserción en masa. Regimientos enteros abandonaban las
posiciones.»
El político ucraniano Doroschenko, ex comisario del gobierno
provisional en Galitzia, cuenta que, después de la toma
de Galich y de Kalusch, «en Kalusch se desató un terrible
pogromo contra la población ucraniana y judía. A
los polacos nadie les tocó. El pogromo estaba dirigido
por una mano experta, que señalaba muy especialmente las
instituciones ucranianas de cultura.» En esta matanza tomaron
parte las mejores unidades del ejército, las «menos
corrompidas por la revolución», cuidadosamente seleccionadas
para la ofensiva. Pero en estos excesos se desenmascararon todavía
más como lo que real y verdaderamente eran los caudillos
de la ofensiva, los viejos jefes y oficiales zaristas, expertos
organizadores de matanzas de judíos.
El 9 de julio los comités y comisarios del undécimo
ejército telegrafiaban al gobierno: «La ofensiva alemana
iniciada el 6 de julio en el frente del undécimo ejército
toma las proporciones de un desastre incalculable... En las unidades
que hace poco avanzaban, gracias a los esfuerzos heroicos de una
minoría, se exterioriza un estado de espíritu funesto.
La acometividad que caracterizaba el comienzo de la ofensiva se
ha apagado rápidamente. En la mayor parte del ejército
se nota un creciente proceso ha perdido toda su fuerza y se la
contesta con amenazas y a veces con disparos.»
El generalísimo del frente sudoccidental, habiéndose
puesto de acuerdo con los comisarios y los comités, publicó
un decreto ordenando que se abriera el fuego contra los desertores.
El 12 de julio, el generalísimo del frente occidental,
Denikin, volvía al estado mayor «con la desesperación
clavada en el alma y la conciencia neta del desmoronamiento completo
de la última tenue esperanza en... el milagro».
Los soldados no querían batirse. Los soldados de la retaguardia,
a quienes se pidió que reemplazaran a las fuerzas exhaustas
después de la ocupación de las trincheras enemigas,
contestaron: «¿Para qué habéis tomado
la ofensiva? ¿Quién os ha dado permiso para ello?
Lo que hay que hacer no es organizar ofensivas, sino poner término
a la guerra.» El jefe del primer cuerpo siberiano, considerado
como uno de los mejores, comunicaba que, al caer la noche, los
soldados se retiraban en compañías enteras de la
primera línea, no atacada. «Comprendí que nosotros,
los jefes, éramos impotentes para cambiar la psicología
de la masa de los soldados, y rompí a llorar larga y amargamente.»
Una de las compañías se negó incluso a lanzar
al enemigo una hoja dando cuenta de la toma de Galich, hasta que
se encontrara un soldado que pudiera traducir el texto alemán
al ruso. En este hecho se acusa toda la desconfianza que abrigaban
los soldados contra el mando, tanto el viejo como el nuevo. Los
siglos de escarnios y violencias salían ahora volcánicamente
a la superficie. Los soldados sintiéronse engañados
nuevamente. La ofensiva no conducía precisamente a la paz,
sino a la guerra. Y los soldados no querían la guerra.
Y tenían razón para no quererla. Los patriotas,
bien resguardados en el interior, cubrían de denuestos
a los soldados. Pero éstos tenían razón.
Les guiaba un certero instinto nacional, que había sido
tamizado por la conciencia de unos hombres estafados, torturados,
entusiasmados un día por la esperanza revolucionaria y
arrojados de nuevo al cieno y a la sangre. Los soldados tenían
razón. La continuación de la guerra no podía
dar al pueblo ruso más que nuevas víctimas, nuevas
humillaciones, nuevas calamidades y una nueva y mayor esclavitud.
La prensa patriótica de 1917, no sólo la de los
kadetes, sino también la socialista, no se cansaba de invocar
los heroicos batallones de la Revolución francesa, poniéndolos
por modelo a los soldados rusos desertores y cobardes. Esto no
sólo atestiguaba su incomprensión para la dialéctica
del proceso revolucionario, sino que acusaba también una
ignorancia histórica absoluta.
Aquellos magníficos caudillos de la Revolución francesa
y del Imperio habían empezado casi todos siendo unos transgresores
de la disciplina y unos desorganizadores. Miliukov diría
que habían empezado siendo unos bolcheviques. El que más
tarde fue mariscal Davout, cuando era teniente, se pasó
muchos meses, desde el 89 al 90, relajando la disciplina «normal»
que regía en la guarnición de Aisdenne, arrojando
a puntapiés a sus jefes y oficiales. Hasta mediados de
1790, en toda Francia se desarrolló un proceso de completa
disgregación del viejo ejército. Los soldados del
regimiento de Vincennes obligaban a sus oficiales a comer a la
misma mesa que ellos. La escuadra arrojaba de mala manera a sus
oficiales. Veinte regimientos sometieron a sus jefes y oficiales
a distintos actos de violencia. En Nancy, tres regimientos metieron
a los oficiales en la cárcel. A partir de 1790, los caudillos
de la Revolución francesa no se cansan de repetir, refiriéndose
a los excesos militares: «La culpa es del poder ejecutivo,
que no reemplaza a los oficiales enemigos del régimen.»
Y es digno de notar que tanto Mirabeau como Robespierre se pronuncian
por la disolución de los antiguos cuadros de oficiales.
El primero se esforzaba en implantar con la mayor prontitud posible
una firme disciplina. Al segundo lo que le preocupaba era desarmar
a la contrarrevolución. Pero uno y otro comprendían
que el antiguo ejército no podía subsistir.
Es verdad que la Revolución rusa, a diferencia de la francesa, estalló en plena guerra. Pero de esto no se deduce, ni mucho menos, que haya que hacer para Rusia una excepción a la ley histórica formulada por Engels. Al contrario, las condiciones propias de una guerra larga y desdichada no podían hacer otra cosa que acelerar e imprimir un carácter más agudo al proceso revolucionario de disgregación del ejército. La funesta y criminal ofensiva de la democracia se encargó del resto. Ahora, los soldados decían ya abiertamente y por todas partes, a quien quería oírlos: «¡Basta de verter sangre! ¿Para qué nos sirven la libertad y la tierra si tenemos que morir de un balazo?» Esos intelectuales pacifistas que intentan suprimir la guerra a fuerza de argumentos racionalistas son sencillamente ridículos. Pero cuando las masas armadas aducen los argumentos de su razón, no hay guerra que no se acabe.